El descrédito de las elites y el crecimiento de la cólera popular: en 1929 y en 2009

Steve Fraser

Steve Fraser

15/02/09

Calificarlos de “obtusos” difícilmente hará justicia a la estupidez social de estos amos nuestros de las finanzas, tan poco condolidos. John Thain Lynch y Richard Fuld de Lehman Brothers, junto con un asombrosamente nutrido grupo de compañeros de fratría, siguen comportándose como toreros beodos tremolando sus capotes ante un toro enrabietado, insensibles hasta a las cornadas.

No puede sorprender ya a nadie que su codicia y su autoindulgencia ante un cataclismo económico en el que tienen graves responsabilidades despierte enojo y desprecio por doquiera, como atestiguan las cabeceras diarias de periódicos y noticiarios. Van perdiendo los últimos jirones de su otrora exaltado estatus social: se diría que, en este aspecto al menos, están condenados a repetir la experiencia de sus predecesores, aquellos “señores de la creación” salidos de Wall Street que vinieron a darse de bruces contra la Tierra durante la Gran Depresión.

Desde que las políticas de rescate se aceleraron superlativamente, la cólera popular anda a pique de estallar. Ya antes de que el desplome fuera una realidad en marcha, una pancarta exhibida en una protesta masiva ante el mercado de valores de Nueva York lanzaba la advertencia quienes se encontraban dentro: “¡Saltad, jodidos hijos de puta!”.

Ya se pueden comprar online camisetas con la leyenda: “I Hate Investment Banking” (Yo también odio a la banca de inversión”). Todas esas remuneraciones cesarescas; toda esa locura caligulesca en medio del desplome y el incendio de la economía; todos esos bonos y dividendos; todos esos honorarios principescos de consultores que enseñaban a ordeñar las ubres del Tesoro público; por no hablar de los nuevos aviones privados de los ejecutivos y de los fondos públicos trasvasados a los agujeros negros de las megafusiones empresariales, dineros que habrían podido evitar ejecuciones hipotecarias a muchos ciudadanos; todo eso está convirtiendo al norteamericanito de a pie en un apopléjico.

Nada, sin embargo, puede ser más mortificante que las racionalizaciones regularmente ofrecidas para tanta autoindulgencia. Preguntado que fue por la razón que le había movido a dar 4 mil millones de dólares en bonificaciones a sus ejecutivos de Merrill Lynch en un trimestre en que la compañía había perdido la friolera de 15 mil millones de dólares, el ex presidente del consejo de administración John Thain contestó de manera prototípica: “Si no pagas a los mejores, destruyes tu franquicia. Los mejores pueden conseguir trabajo en otros sitios, y se largarán”.

Aparentemente, a quienes contestan de esta perversa guisa sobre la remuneración de “los mejores” nunca se les ocurre pensar que todos nosotros estaríamos francamente mejor y nos habríamos ahorrado unos buenos dineros, si hubieran contratado a los peores. Después de todo, visto lo visto, ¿quién podría haber hecho más daño que esos “mejores” que tripulaban Merrill Lynch, Wachovia, Wamu, Citigroup, A.I.G., Bank of America y tantas otras entidades financieras?

La caída de los “mejores”

Ahora, hasta los nuevos poderes de Washington se despachan a gusto. El vicepresidente Biden ha sugerido que los otrora amos del universo sean arrojados a la bodega del barco; la Senadora por Misuri Claire McKaskill los ha denunciado como “idiotas… que están tirando arena a los ojos del contribuyente norteamericano”, y hasta el nuevo presidente, un hombre de tacto exquisito y un desarrollado instinto para poner la otra mejilla, ha calificado a los titanes de Wall Street como implacables, irresponsables y desvergonzados.

Para quienes recuerden la historia, todo eso sonará penosamente familiar. A no tardar -eso nos enseña la historia- los investigadores del Congreso traerán a rastras a estos caballeros hasta la plaza pública y comenzará la verdadera pirotecnia. Ya pasó una vez: un capítulo crucial en la historia de la muerte de un régimen viejo y el alumbramiento de uno nuevo.

Tras el Gran Crac de 1929, quienes se hallaban en la cúspide del comando de la economía y se habían enriquecido al tiempo que hacían creer a otros que, bajo su liderazgo, los EEUU habían alcanzado “un estadio de permanente prosperidad” (¿les suena?), se vieron atrapados en un torbellino de cólera, escarnio público y asolador ridículo. Como los John Thain de nuestros días, Jack Morgan, Charles Mitchell, Richard Whitney, Albert Wiggins y otros que encabezaban los principales bancos comerciales y de inversión del país, los consorcios, las compañías de seguros y la bolsa de Nueva York, nunca llegaron a discernir las razones de lo que se abatía sobre ellos. También ellos habían estado navegando por las confortables aguas del autoengaño durante tanto tiempo, que, como Thain y sus compadres, llegaron a creerse que eran los “mejores”, los más sabios, los más legitimados, los hombres más inexpugnables de los EEUU. Incluso entre las ruinas del mundo por ellos construido, se mostraban incapaces de reconocer que sus días habían pasado para siempre.

Bajo el inclemente escrutinio de las audiencias públicas en el Congreso, ante el Comité Pecora del Senado (así llamado por el nombre de su implacable presidente Ferdinand Pecora), se puso de manifiesto que Jack Morgan y sus colegas en la casa Morgan hacía años que habían dejado de pagar impuestos; que “Sunshine” Charlie Mitchell, jefe del National City Bank (el mayor del país), había estado haciendo ventas a corto plazo de acciones de su propio banco y transfiriendo activos a nombre de su mujer para evadir impuestos; que otros financieros como él, convertidos en héroes durante más de una década como verdaderos mesías financieros, habían hecho repetidamente negocio aprovechándose de información privilegiada, enriqueciéndose ellos, al tiempo que desplumaban a legiones de inversores mantenidos en la inopia.

El Comité Pecora no fuel único azote de la vieja elite financiera. Franklin Delano Roosevelt, tan moderado en sus formas públicas y acaso aún más amigable y charmant que el presidente Obama, empezó a desollarles vivos desde el momento mismo de su primer discurso inaugural. Los condenó en términos inequívocos por malversación del “dinero de otros” y por sus temerarias especulaciones; los culpó del lamentable estado del país; prometió perseguir a esos “traficantes de dinero sin escrúpulos” y destronarles de “sus encumbradas poltronas en los templos de la civilización americana”.

Jack Morgan, llamado que fue a testificar ante otra comisión investigadora del Congreso, compareció con una enana de circo en su regazo, para delicia de un enjambre de reporteros gráficos que inmortalizaron el momento para millones: una foto emblemática, una metáfora visual de una otrora soberbia y poderosa elite, ahora privada de gravitas, reducida a la impotencia, ridiculizada por su incompetencia e incapaz ya de intimidar a nadie.

Lo que le pasó a Jack Morgan, lo que le pasó luego a Richard Whitney -una muchedumbre de no menos de 6.000 personas acudió a la Gran Estación Central de Nueya York en 1938 para ver al ex-presidente de la Bolsa neoyorquina, escoltado y esposado, subir al tren que habría de llevarle al penal de Sing Sing tras ser condenado por malversación-, eran el equivalente político y social de una gran depresión. Representaban, esto es, una catastrófica deflación de la legitimidad del ancien régime. Fue parte de lo que hizo posible la llegada de algo completamente nuevo.

Especuladores y timadores

En circunstancias normales, el grueso de los norteamericanos habría estado perfectamente dispuesto a trazar una distinción nítida entre el especulador mal aconsejado y el comportamiento de todo punto felón del consejero. Uno es un banquero legítimo que se ha ido a pique; el otro, un forajido.

En las extraordinarias circunstancias de un derrumbe sistémico terminal, tal distinción va haciéndose cada vez más borrosa. Desde luego fue así en los primeros años de la primera Gran Depresión, cuando surgió la demoledora cuestión que sigue: ¿dónde exactamente estaba la diferencia entre la conducta de Charles Mitchell, Jack Morgan y Richard Whitney, leones del establishment de la época, y periféricos personajes circunstantes como “Sell-em” Ben Smith, Ivar Kreuger, “el rey del tablero”, Jesse Livermore, “el hombre con mal de ojo”, William Crappo Durant, maestro en la urdimbre de fondos de inversiones, o el una vez agente de entradas en Broadway y manipulador de valores en bolsa Michael Meehan, hombres, todos ellos, vetados en los santuarios finamente revestidos con madera de nogal de un elitista Wall Street, blanco, anglosajón y protestante?

Es verdad: sus demasías, osadas como el demonio, les había colocado a menudo fuera de la ley, y habrían de terminar sus días en rejas, como suicidas o en medio de la miseria y la desgracia. Sin embargo, entonces como hoy, muchos norteamericanos fueron aceptando progresivamente que la distinción entre el especulador bancario y el timador es irrelevante. Después de todo, a comienzos de los 30, todo le sistema financiero norteamericano parecía no ser otra cosa que un ignominioso juego de timadores merecedor del más profundo desprecio.

En este sentido, Bernie Madoff, un antiguo presidente del índice NASDAQ de la bolsa de Nueva York, parece ya una sinécdoque de todo un estilo de vida. Técnicamente hablando, lo que hizo fue levantar un esquema Ponzi a partir de una empresa dedicada a la gestión de inversiones, un esquema tan fraudulento como el original inventado por Charles Ponzi, el italiano que traficó, contrabandeó y, tras una temporada en una cárcel norteamericana, llegó a ser, de regreso a la península transalpina, un funcionario fascista menor de la Italia de Mussolini.

Ponzi, empero, era un cortoplacista. Estafaba a gente común para sacarles sus billetes de cinco o diez dólares. El juego de Madoff, con 50 mil millones de dólares de por medio, ha sido ya otra cosa. Actuó de manera completamente dependiente de sus vínculos con los más augustos círculos de nuestro establishment financiero, con las mayores fondos hedge y aun con fondos de fondos, con las empresas consultoras en la cúspide, con empresas pata negra sin ánimo de lucro, y desde luego, con la aristocracia global de los archirricos. Bien es verdad que gentes de medianos medios, así como fondos de pensiones públicos y sindicales picaron también. Al final, no obstante, el esquema de Madoff, a diferencia del de Ponzi, se fundaba en una ubicua información privilegiada accesible sólo a los de dentro del sistema: anduvo de todo punto engranado con el modo de funcionamiento de nuestro sistema financiero en el último cuarto de siglo.

Una vez descubierto Madoff, todo el mundo cuestionó la credulidad de quienes invirtieron con él: ¿por qué no sospecharon de unas tasas de rendimiento tan altas? Pero una cuestión no menos razonable es ésta: ¿por qué debería haber sospechado? No es sólo que se necesitara una invitación autorizada antes de poder confiar los dineros a Madoff, sino que todo el sistema financiero había estado disfrutando de extraordinarios rendimientos durante muchísimo tiempo (desde luego que con ocasionales interrupciones, como durante el estallido de la burbuja punto.com en 1999-2000, que de alguna manera pareció borrarse pronto de la memoria).

Recuérdese también que todos esos lucrativos negocios estaban basados en inversiones especulativas en títulos tan lejanos a cualquier bien tangible o aun inteligible, que parecían flotar en la ligereza del aire. Todo el sistema no era sino un esquema Ponzi a gran escala que, como las pilas del conejito del anuncio televisivo, duraba y duraba y duraba… hasta que, se calla por sabido, dejó de durar.

Atrapados en el rescate estatal

Después de 1929, cuando el viejo orden ardía por los cuatro costados, cuando había perdido todo crédito público y no tenía mayor legitimidad que un juego de timadores, se sintió la urgencia y la viva necesidad de regular tanto a los malhechores como a su canallesco sistema. En efecto, una nueva regulación financiera estaba entre las prioridades del programa del primer año de Roosevelt y representó una parte importante del New Deal. Eso incluía el Bank Holiday, la creación de la FDIC [Corporación Federal de Seguros de los Depósitos Bancarios, por sus siglas en inglés], la aprobación de la Ley Glass-Steagall Act, que separaba banca comercial y banca de inversión (la cohabitación de las mismas había sido un factor de primer orden en la incubación del desmadre financiero en la Era del Jazz de la década anterior), y la primera Ley de Títulos y Obligaciones, para controlar el mercado de valores.

Podría haberse esperado una reacción todavía más vigorosa hoy, dados los daños infligidos no sólo a nuestra economía nacional, sino a una economía mundial de la que dependerá considerablemente la recuperación económica norteamericana. Por ahora, sin embargo, la regulación financiera -o, mejor dicho, re-regulación, dadas las feroces políticas desreguladoras practicadas en Washington en los 30 últimos años- parece tener una prioridad sorprendentemente baja en los planes anunciados por la nueva administración. Poner coto a las bonificaciones, primas y opciones sobre acciones de la casta financiera en la cúspide está bien y es buena y urgente cosa, pero una regulación y una reforma serias deberían tener mucho más calado que eso.

En cambio, la nueva administración se halla evidentemente encerrada en el estado de rescate inventado por sus predecesores, la última versión del cual -la creación de un “banco malo” público (llámese finalmente así, o de otro modo) encargado de comprar títulos tóxicos al sector privado- despierta una atención creciente. Un “banco malo” parece una propuesta llamativamente perdedora: o bien nosotros, los contribuyentes, adquirimos o garantizamos esos títulos con un coste aproximadamente igual al de su valor ficticio y exageradamente hinchado, en cuyo caso lo que estaríamos es dando apoyo a esta segunda era de la codicia y la delincuencia financiera quién sabe por cuánto tiempo; o bien el “banco malo” público compra esos activos de pésima calidad a un precio rayano en su valor real, en cuyo caso los grandes bancos seguirán a medio gas, si es que logran sobrevivir. Peor aún: el último plan de la administración para instituir un “banco malo” ni siquiera obligaría a las instituciones rescatadas a comenzar a prestar dinero a nadie, actividad esta última que es, presumiblemente, la llave de bóveda del nuevo sistema de bienestar financiero.

¿Por qué tal timidez? ¿Por qué tal estrechez de miras, que más parece capitulación que reforma? Tal vez venga, en parte, del extraordinario peso económico y político del sector FIRE (finanzas, seguros y bienes raíces) en nuestra economía. Después de todo, en las últimas décadas ha crecido exponencialmente, y ahora es una parte vital de nuestra economía, algo que habría resultado inconcebible cuando los EEUU eran todavía una potencia industrial real.

Obviamente, la influencia política del sector FIRE creció en la medida en que los políticos fueron desmantelando el aparto regulador levantado por el New Deal. Todavía hoy, y aun en ruinas su mundo, es indudable que muchos beneficiarios del desmantelamiento esperan poder mantener las cosas de un modo más o menos parecido. Y desgraciadamente, los portavoces de ese mundo desjarretado y de su perspectiva -o cuando menos, las gentes que lo promovieron durante los años de Clinton, incluidos Larry Summers y Robert Rubin (quien “ganó” más de 115 millones de dólares en Citigroup entre 1999 y 2008)-, ocupan hoy cargos de enorme influencia, o son asesores informales, en la nueva administración de Obama.

Con todo, crecen cada día que pasa y se extienden una cólera popular y una befa pública parecidas a las que se dispararon entre nuestros ancestros del New Deal. Lo que, ni que decir tiene, explica los tonos de cólera justiciera que acaban de descubrir algunos de nuestros dirigentes políticos, conscientes de lo caldeado del ambiente. Algunos observadores han menospreciado la resistencia popular al rescate estatal como poco menos que un brote derechista derivado de una hostilidad instigada por los republicanos contra cualquier intervención pública. Es claro que eso puede explicar parte del asunto, pero buena parte de la cólera está justificada, es razonable, y procede de norteamericanos que, simplemente, están hartos.

Las gentes de mentalidad progresista, dentro y fuera del gobierno, tienen que hallar una vía que haga de la re-regulación una prioridad urgente, y tienen que hallarla fuera de los confines aprisionantes y políticamente suicidas del rescate estatal. Hace sólo unas semanas, la idea de nacionalizar la banca parecía irremisiblemente antiamericana. Ahora forma ya parte de las conversaciones cotidianas, aun si, por el momento, los sabios que asesoran a Obama la han descartado.

El viejo orden agoniza. Enterrémoslo. El futuro llama a nuestras puertas.

Steve Fraser es profesor visitante en la New York University, co-fundador del American Empire Project, y, recientemente, autor del libro Wall Street: America’s Dream Palace.

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~ por Elojoqueves en 16/02/2009.

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